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En cambio, según J.L., el chofer que conoció jamás soltó escupitajos durante el trayecto. Su nombre es J.L., verdadero protagonista de los hechos, pero incapaz, según sus propias palabras, de atemperar en su escritura excesivos sucesos cotidianos. Ellos no pronunciaron palabras, lo dejaron refunfuñar largamente en un lenguaje demasiado tropeloso. En una escena en la que no está Rómulo, el “niño mimético”, a su lado, se dice que “parecía mucho más desvalida”, por lo que parece que le tenía gran cariño, a pesar de su incapacidad de pensar (pg. Ahora estoy al otro lado, Don Francisco, y veo que ya no utiliza lentes. El colchón, por mucho que lo impedimos, dijo J.L., cayó al suelo. He obviado las palabras exactas que pronunció J.L., tampoco deseo referirme a las descritas por M.G., pero tal como indican los hechos Palomino fue convencido. No la retiré. Mi mano era tan correcta como yo.

Tercero: La camioneta es puro invento de M.G., y para legitimarla se vio obligado a no especificar que era domingo. He aquí algunas razones: Primero: En agonía semejante ante el traslado de un colchón camero la aparición de una camioneta no resulta casual; sino calculada, tramada, pensada por quienes lo trasladan o por quien, indolentemente, escribe esas páginas. Lada por el de una camioneta. El Lada frenó ante el reclamo de las seis manos que, desesperadas, le hicieron señas. M.G. en su texto manejó la situación describiendo al chofer como típico traficante de muebles en su camioneta, alguien capaz de soltar un gargajo por encima de las cabezas de sus acompañantes. Misae encuentra el cuaderno que solía usar como diario y lee lo que estuvo haciendo aquellos días. J.L. no dejó de observarlo, se le antojaba como personaje de un posible cuento. Palomino, interrumpiendo el cuento de Maladoy acerca de su compra barata, protestó por tanto peso en el techo de su Lada.

Shin chan sueña que se encuentra en el cuento de Momotaro. Nanako se queda en casa con Shin chan. A reserva de posibles recaídas, en un par de días lo tendremos otra vez en casa. Otra vez en el techo del Lada colocaron el colchón. El del Lada, detrás de unas gafas muy oscuras, titubeó un instante ante aquella escena. J.L., de haber escuchado esa lectura (por cierto, mis dos amigos aún no se conocen), advertiría al instante que M.G. Para M.G. apenas cuenta la angustia en el traslado del colchón, menos el estado depresivo de J.L., su carencia de dinero, la manera en que los versos de otro portador de la tristeza se le enclavaban en su mente. Cuando tengo la información que necesito me doy cuenta de que una gran parte de ella aparece en Inglés. Bajaron. Vieron sumergida buena parte en un charco de agua. El agua fresca con aroma de anís le devolvió la vida.

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