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Contamos con usted para compartir nuestra modesta comida, como es natural. El camarero creyó que aquel gordo tenía una cicatriz justo por encima del cuello de la camisa, como si se hubiera quemado. Todavía en ayunas, el espeso y aromático vino nublaba el entendimiento del inglés y le trababa la lengua. Brevemente se cruzaron la del inglés y la del apuesto desconocido. Se creyó en la obligación de intervenir el inglés a su pesar. Quizá también a mi padre: es un anciano y, a pesar suyo, una rémora. El duque y su heredero permanecían a prudencial distancia, sin hacer ruido, con una expectación mal disimulada que le impedía concentrarse en un examen objetivo de las obras. Lilí se sentaba al piano y de pie, junto a él, estaba su hermana mayor, con el vestido verde que llevaba cuando Anthony la vio por primera vez en el jardín. Liberado de su infantil admiradora, disfraces de parejas Anthony hubo de posponer el saludo a Paquita para centrar su atención en el apuesto desconocido. Y volviéndose a Anthony en tono jovial-: Disculpe a esta niña malcriada, amigo Whitelands, y permítame presentarle al buen amigo de que le hablaba hace un rato.

El amigo Whitelands, sin ir más lejos, con toda su flema inglesa, es un iconoclasta. Shin chan deja a Nevado en manos de su amigo Masao, que siempre ha deseado tener una mascota. Pronunciando su nombre, le agarró la cabeza entre las manos. En seguida se repuso, esbozó una respetuosa flexión y agachó la cabeza. Ustedes los ingleses han hecho de esta norma un auténtico dogma y esto los ha colocado a la cabeza del mundo civilizado. Yo soy un monárquico acérrimo y él, en cambio, es un revolucionario que pondría el mundo patas arriba si le dejaran. Todavía soy yo quien decide los comensales que se sientan a mi mesa. A fin de ocultar su malestar, señaló un par de sillones y dos sofás idénticos en torno a una mesa baja de secoya. Lo único factible, en mi opinión, es poner las obras en manos de una casa de subastas, como Christie’s o Sotheby’s.

El marqués borró todo asomo de tensión con un fuerte apretón de manos y una sonrisa luminosa y sin reservas. El señor Whitelands es un destacado experto en pintura española de paso por Madrid, que ha tenido la gentileza de echar una ojeada a ciertas piezas con fines de evaluación. No soy especialista en pintura española del siglo XIX, pero lo poco que sé me lleva a pensar que tal vez ése no pueda ser considerado su período más brillante. Poco bregado en el arte del donaire, se azaró el invitado, hasta que Lilí salvó la situación arrojándose en sus brazos con espontánea inocencia. Bien pensado, será mejor que yo supervise la operación. Y aunque tal vez las cosas fueran mejor si escucharan a los mayores, de alguna manera está bien que sea así. A su lado había un hombre de unos treinta y pocos años, moreno y bien plantado, de facciones viriles, ojos grandes e inteligentes, frente despejada, cabello negro y el porte distinguido y sencillo de la aristocracia española.

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Dejemos de lado este desgraciado asunto y vayamos a ver si ya está dispuesto el aperitivo. En este caso, por lo visto, sus intereses y los míos coinciden. Perdona que te reciba en medio de este desbarajuste -dijo el inglés-. Lamento haberle decepcionado -dijo. No lo hagas -dijo Ventura. La policía no encontró nada en el primer juego de huellas -dijo Milton-. Como Benny había hecho todas las llamadas desde la comodidad de su propia cama, la policía no había tenido grandes dificultades para localizarlo. Dios proveerá. Lamento, créame, haberle hecho perder su valioso tiempo para nada, aunque su trabajo se le retribuirá como es debido. No es así como conseguiremos reunir un capital -ante el silencio de su interlocutor suspiró, sonrió con tristeza y añadió-: No importa. Al salir el duque del gabinete se produjo un silencio tenso. Y no lo doy a ciegas: he oído hablar muchas veces del tema a los adultos y en las fincas de mi padre he visto a los animales… Pero no podía hacerlo de cualquier manera.

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