disfraz de preso adulto

Suena el timbre que anuncia el cierre del museo. Entonces lo oye, a través del suelo: ese despertador con timbre idéntico al suyo, el mismo nervio, igual antipatía, demonio clónico del que cada día le expulsa a ella del umbral sabroso de la irrealidad. Llegamos a la sala para encontrarnos con que el norteño todavía le apuntaba al del Magnum y éste al presunto ladrón. Y tú, el de la puerta, hazme el favor de, despacito, deshacerte del 38 ordenó el que apuntaba. El del bate se le paró al lado. El canito asintió parándose frente a la puerta de atrás agarrando el bate como garrote. El que estaba frente a él imitaba algunos pasos de los de Lillian. No cualquiera podía acercarse a él tanto como para cargárselo con una navaja. Siempre apuntando, el gringo comenzó entonces una conversación entre él y el cliente con sombrero de vaquero sobre lo importante que era no tener que llegar a la sangre y de cómo todos nosotros íbamos a ser testigos. El americano sugirió que dejara que su forzudo examinara al hombre en cuestión y, si encontraba en él su cartera,. Parecía el hombre más feliz del mundo.

Ventura había visto trastabillar al negro alto y caer, pero enseguida quedó oculto a causa de la inclinación del terreno. Nuestra empleada hacía su trabajo afectivamente y tenía una mata de pelo negro tan honda como la selva. Su progresivo tongoneo de abandono era toda una educación. Aquella era Lillian. Terminó su número colgada de los tubos con una vileza sobresaliente. A decir verdad, para llevar a cabo una evaluación rigurosa y exhaustiva se necesitarían meses, quizás un año entero. De los bolsillos de éste, el gorila extrajo una cartera bastante gorda. El inspector aplast ó la lata del refresco y la lanz ó , con poca destreza, a una papelera. El murmullo del constante flujo de copas y platos entrando y saliendo del bar, las conversaciones, risas y abiertas sobaderas mantenían el ritmo acelerado del lugar. La música inundó el sitio y los de más empuje se movieron a las mesas más cerca a ella como si estuviesen en ayunas y ella fuese un bocadillo.

El sonido de las mesas y sillas que se mueven, pero que en realidad no quieren, retumbó clarito. Una masa humana no es la suma de los individuos que la componen, sino un refugio donde olvidar lo que solemos ser. Algunas estaban histéricas, otras buscaban refugio en los cubículos que separan los respectivos inodoros, unas pocas chisteaban del suceso, aún otras trataban de arrancar de la pared la única ventana. Aunque descorazonado por el giro inesperado de los acontecimientos, Anthony no dejaba de apreciar fríamente las extraordinarias circunstancias a que le habían conducido los caprichos del destino. Anthony consultó su reloj con disimulo. La duraca en trigonometría, la callada Lillian a quien no se le conocía un novio. La estofoncita Lillian que prestaba asignaciones hechas a los que, por vagancia, no las habían hecho. La noche era desapacible y en el Paseo de la Castellana y las calles adyacentes no había encontrado a ningún peatón que pudiera haberse cruzado con la desaparecida. Era como tener vellonera particular. Edwin y yo nos miramos como su fuéramos a comer golosinas. Edwin como una locomotora.

Una vez más, las luces comenzaron a revolcarse con gusto por todo el templete. A Edwin se le acrecentó el gusto. Con gran facilidad Edwin y yo nos unimos a esa salvación. Edwin abrió la puerta pidiéndome que le ayudara con la ventana. Es decir, que por donde mismo vino, se fue. Desde entonces se le ha abierto el mundo, visita virtualmente ciudades y museos y accede a más información que ha tenido nunca. El cese definitivo y unilateral de las acciones terroristas adoptado por la banda no quiere decir lo que cualquiera puede interpretar de las propias palabras con que se formula. Se veía espléndida dentro de las luces rojas. Se encendieron las luces y todos hablaban de lo sabroso que era el espectáculo. Era Lillian, ¡nuestra Lillian! Era alta, hermosa, madura. Su corto cabello marrón era una plegaria a la sexualidad. La reconocí por el cabello y su estatura. Lillian se había esfumado no sé adónde.

Busqué a Lillian entre las putas. Yo aproveché la ocasión para meterme en uno de los cubículos con tres otras putas. Pasamos apresuradamente como ganado por un pasillo angosto de luz brillante y fuimos a tener al baño de las putas. Pilar era un ente que habitaba la web, el espacio virtual creado a partir de las arcaicas redes de Internet. Si la cosa iba a estar así de caliente era mejor movernos más cerca de la plataforma y aquel era buen momento, así que nos movimos. Velo contuvo un suspiro y se dirigió a una cantina que había cerca del mercado. La carretera del sur gira hacia el noroeste, y la carretera del norte hacia el sudoeste, de manera que casi se cruzan cerca de la casa de Leehagen. Del bar llegó un convincente «¡No te muevas cabrón, porque te limpio!». El del Magnum asintió. Su ética inducía la magnificencia del deleite. Entró sin atreverse a levantar los ojos del suelo y permaneció así hasta que le sacó de su retraída actitud una voz conocida.

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