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Por otra parte, el cubismo de Picasso apenas dura dos o tres años. Las tres hermanas Matsuzaka se reúnen para cenar y cada una de ellas trae a un acompañante. Se documentaron en el Archivo de Indias y no escribieron la historia que guardaba, sino que se apresuraron a anunciar la venta de las monedas y dispararon su cotización en bolsa. Pero no era la policía quien le tocaba sino una mujer de luto con el rostro cubierto por un espeso velo de encaje. Ese era el temor más grave de Navani, que unos enemigos voladores pudieran atacar el transporte e incluso inhabilitarlo. Al decirle el recepcionista que había salido, el hombre había querido saber cuándo y si había dicho adonde se dirigía. Ya le he dicho que se trata de un enorme sacrificio. No quiso dejar dicho ni su nombre ni el número de teléfono al que se le podía llamar, como le había propuesto el recepcionista. Como la habitación no disponía de teléfono, volvió a bajar a la recepción y pidió usar el teléfono general del hotel. El corazón le latía aceleradamente por la carrera, por el riesgo y por la inminencia del encuentro con la enigmática marquesa de Cornellá.

Conservaba la vista, aunque eso sólo le servía para notar con mayor claridad los efectos del proceso de envejecimiento en él. Desde su escondite, Anthony seguía el desarrollo de aquella farsa que había provocado y en la que participaban todos menos él. Al decir esto, el recepcionista frunció el ceño: no le gustaba que una niña fuera al hotel con cartitas para un parroquiano y menos haber de mediar en la correspondencia. Absorto en estas reflexiones, el suave roce de una mano enguantada en el antebrazo le hizo dar un respingo: por un instante pensó que la policía volvía a detenerle. Ante la fachada ostentosa y sin armonía se detuvo un instante a recobrar el aliento y la serenidad. Al instante respondió Paquita. Pues vaya allí sin perder un instante y siéntese en uno de los últimos bancos de la derecha. Paquita escuchaba en silencio, asintiendo sigilosamente con la cabeza gacha.

Intentó desabrocharle la camisa para llegar a la herida, pero Willie le apartó las manos y negó con la cabeza. Louis huele la gasolina y la carne abrasada, ve cómo la piel queda carbonizada, oye el chisporroteo y la crepitación de las grasas corporales. De eso se trata -respondió Paquita con un deje de picardía en la voz-, y usted tiene los nervios a flor de piel. Sin perder su dramatismo, mono presa disfraz en la respuesta de la joven tintineó de nuevo el deje burlón. La enfermera Conrada la joven le explica su enfermedad: “Psicosis maniaca. Antes de oír su voz, Anthony supo que era Paquita. Quizás era eso, había pensado entonces, lo que infundía confianza al vulgo: la divinidad encarnada en un chulo barriobajero. No teníamos, todavía en aquel entonces, otro lugar donde compartir nuestra intimidad. La diferencia estribaba en la proximidad, en la, a falta de una palabra mejor, intimidad. Pero este no es el final de la historia, todavía hay una herida abierta.

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