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Hoy, tras leer una noticia de impacto, me ha venido a la cabeza una que soltaba cada vez que nos pedía un esfuerzo extra: “la obligación del preso es intentar escaparse”. Estaba muy pálida y, ajuicio del teniente coronel, que conocía la relación entre la joven y José Antonio Primo de Rivera, pero no la había visto nunca y ahora la observaba con detenimiento, en sus ojos había un fulgor demente. José Antonio se quitó el gabán y lo dejó sobre una silla. Una prima de mi madre es superiora en un convento de clausura en Salamanca. Al oír esta palabra, Paquita fue presa de una gran turbación. Paquita pasó sin mirarla y entró en el salón contiguo al vestíbulo. Paquita agitó el guante. He venido a decirte algo -dijo Paquita sin más preámbulo-. Tengo entendido que hay dos responsables -dijo entre dientes. Puedes ahorrarte el trance -dijo secamente-. Anthony se dejó guiar mansamente por Higinio. De acuerdo, vamos allá -oyó decir a Higinio Zamora-.

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Acababan de dar las dos en un reloj de pared cuando entró el dueño de la casa. Aprovechando la consternación del afligido padre, el teniente coronel omitió las explicaciones, excusas y condolencias y envió al duque y a sus acompañantes al Hospital Clínico. Contestó personalmente el teniente coronel. El teniente coronel le aguantó la mirada. Maldita sea su estampa -gruñó el teniente coronel-, en este país no pasa nada sin que ande por medio ese puñetero inglés. De la habitación salían monjas acarreando palanganas cuyo contenido procuraban ocultar mientras desgranaban por lo bajo jaculatorias que no auguraban nada bueno. El teniente coronel se habría hecho cruces de haber sabido el paradero de Anthony Whitelands en aquel momento y de la compañía en que se hallaba. El teniente coronel, a su vez, llamó al ministro de la Gobernación y luego acudió sin demora al hotel. La única entrevista que mantuvimos tuvo lugar en la habitación de mi hotel.

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