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Cuando lo hacía era para pedirme un libro o para preguntarme sobre algún poeta que recién había descubierto. Pero no lo es, porque vengo de su hotel adonde he ido a buscarle hace un momento y el señor de la recensión me ha dicho que no estaba. Iban a ser las seis, el Big Ben en cualquier momento correría su carrillón-. Llegué a la conclusión que lo mejor era respetar su ser. Mucho me temo que no va a poder ser -respondió Ángel-. Yo no te he tocado -respondió Pericles, apareciendo ante Clitemnestra desde otro lado. Los más viejos hacían la cola desde temprano y se pasaban la tarde comentando sobre las privaciones y la vida cruel que les había tocado. Indisciplina a todos -me dijo el Director una tarde. A esas alturas Vassily ya había sacado su arma, sin embargo para él era demasiado tarde. No, lo que pasa es que él es del aire -dije orgulloso. Llegué con aire ceremonial, saludando con una cortesía comedida y no dejando el más mínimo resquicio para que descubrieran las intenciones de mi presencia, si es que alguna tenía. La casa seguía suspendida en las tenebrosas brumas de los huesos fritos. Pienso que con ese gesto quería quitarse el olor a tuétano, pues vivían de los huesos que hurtaba su marido en el matadero, y a los cuales ponían a freír y sacaban manteca para vender.

Fue un invierno canicular, como si ese solsticio hubiese sido condenado al letargo de agosto. Por que despreciar a la hermana presumidad de la decimosesta letra, con lo bonita que esta con ese mechón. Gabriel sab í a que la gran mayor í a de los hombres no eran asesinos natos. Allí también se habían hecho hombres muchos de nuestros parientes. Aquellos dos hombres se llamaban Willis y Harding. Aún no sé si fue baladí mi visita a la familia de Carlos. La familia va a pasar un día a una nueva piscina donde Hiroshi quiere enseñar a Shin-chan a nadar. Observaba los espejos biselados de antaño, la estantería de recio cedro, las vidrieras donde un día se mostraron los dulces más fantásticos de la ciudad. No hubo un solo día de frío. Al padre de Carlos se le descubría la bravuconería de cuchillo. Carlos era el cuervo, a su alrededor nevaba, y las cortinas de púrpura y seda del poema, lo envolvían como un seráfico viajero.

Velázquez era un hombre apuesto y gozaba de grandes privilegios; y es evidente que era sensible a la belleza femenina, como se puede advertir contemplando la Venus ante el espejo en la National Gallery de Londres. El hombre me miraba con descaro y sin interrupción se acariciaba los bigotes. Mientras los Lowein dorm í an, Ventura se explayaba de manera muy general sobre su vida como Hombre de la Guadaña, dando a Louis alg ú n que otro consejo. O el Negro de Banyoles como tesoro nacional catalán que había que proteger de injerencias foráneas. Y quiso el destino que la Madre Naturaleza, en su inmensa sabiduría, comprendiera que el pueblecito moría de pena. La madre era una mujer pequeña, de mirada tártara, y constantemente se pasaba las manos por el vestido que había perdido la brillantez del estampado. A la mujer se le acentuaba la mirada tártara. Venga, señor Whitelands, le presentaré a mi mujer y tomaremos una copita de oloroso. Velo estaba bastante segura de que se trataba de Ulina, una mujer del círculo interno de Ialai.

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