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A sus espaldas dos grupos discutían de un modo violento y desabrido. De los dos grupos enfrentados, uno, más reducido en número, estaba formado por muchachos muy jóvenes, bien parecidos, bien vestidos y bien alimentados. Por el aspecto parecía extranjero, pero hablaba castellano tan bien como usted y con mejor acento, si me permite la observación. Todo lo contrario -atajó el duque-, en los últimos tiempos recibimos muy poco y usted nos ha caído a todos de lo más bien. Cuando el futuro es incierto, se concentran en el presente acciones y sentimientos que en tiempos de normalidad se desarrollarían con más calma y más decoro. Yo me reía de un recuerdo sin relación alguna con el presente. Quizá porque al venir de fuera ha traído a esta casa el recuerdo de otra realidad, más alegre y menos cruel. Hicieron de todo menos conectarlo a una bater í a y fre í rlo para obligarlo a hablar. En una ocasión, a Alice Gould le extraña que Ignacio Urquieta, al ir a sentarse en el comedor, le pide que le cambie de sitio y le dice “usted debe sentarse enfrente de mí. Una noche, años atrás, alguien le había señalado la presencia de un torero muy famoso, el legendario Ignacio Sánchez Mejías, un hombre ya maduro, de porte distinguido.

Cuando echó a andar, surgió de la oscuridad la figura de un hombre alto que parecía dirigirse resueltamente hacia el palacete. De modo que a los pocos minutos se había formado un sonoro y sentencioso debate en el que varios parroquianos se disputaban la atención del forastero para ofrecerle su irrefutable diagnóstico sobre los males de España y su sencilla solución. Ciertamente al llegar se había inscrito en el libro registro del hotel y tal vez la gerencia del hotel había comunicado a la policía la presencia de un nuevo huésped, extranjero por más señas. Casi nunca doy conferencias y de vez en cuando publico algún artículo en una revista especializada. Cuando la penumbra ya no permitía distinguir los rostros de los presentes, el duque se levantó y encendió una lámpara. El duque fumaba distraído y la señora duquesa dormitaba en un sillón. No, señora. Me temo que soy un poco sosaina. En las presentes circunstancias, todos actuamos de un modo exagerado, que a un extraño le puede parecer inmaduro. —Continúan las. rebajas de. A bravucones no nos gana nadie, pero a los españoles nos cuesta llegar a las manos. A él lo que se le hacía cuesta arriba eran las mañanas.

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